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Mañana Marc cumple 6 años, y justo, estamos en la semana de la lactancia materna.

Cada vez que pienso en cómo fue su primer mes de vida, y todo lo que sucedió agradezco la magia de la vida.

Siempre había imaginado que el día que naciese mi primer hijo, iba a ser el día más feliz de mi vida, pero no fue así.

Pasé el peor mes de mi vida, descubrí toda la fuerza de mi cuerpo, todo mi instinto animal.

Hoy quiero compartir contigo nuestra historia, con una parte muy dura, pero muy bonita.

Hoy voy a contarte cómo fue ver nacer a mi hijo y que me lo quitasen de las manos. Cómo viví su primer mes de vida sin poder tenerlo conmigo pero alimentándolo con lactancia materna, y porqué la lactancia es algo tan mágico para nosotros dos.

El embarazo

Marc fue un niño muy deseado. Tardé sobre un año en quedarme embarazada, y en aquel momento lo pasé mal hasta que llegó.

Vivía en Alemania y tenía mucha desinformación, pensaba que era raro que pudiese tardar en quedarme embarazada. Las personas que me rodeaban siempre se habían quedado a la primera, o eso decían y realmente llegué a preocuparme.

Hasta que un día, cuanto menos lo esperaba, llegó. El predictor, por fin me decía que ya estaba en mí.

Fueron meses muy felices, nunca me había sentido tan feliz y tan plena en mi vida.

Escuchar su corazón por primera vez, ver cómo crecía, empezar a sentir sus movimientos, imaginarle, cantarle, hablarle de todo lo que nos esperaba juntos…

Empecé a cuidarme, a leer y a formarme en maternidad y en todo lo que empezaba a interesarme que desconocía por completo.

Algo para lo que decidí prepararme mucho fue la lactancia materna, tenía muchas versiones sobre ello, pero tuve la suerte de tener cerca a mi cuñada, que me enseñó la suya. Gracias a ella, compré el libro de Carlos Gonzalez “Un regalo para toda la vida” que aconsejo encarecidamente a cualquier futura mamá que se esté planteando ser madre y alimentar a su hijo mediante lactancia materna.

Encontré unos vídeos en youtube de una doula, que me mostraban la realidad de lo que se suponía que me esperaba.

Me preguntaban ¿Vas a darle pecho? Y yo decía “si puedo sí”, aunque por dentro algo me decía que ya había aprendido que todas, si lo decidimos y estamos bien acompañadas podemos dar lactancia materna.

Hice un master en cunas (elegí colecho), en sillitas del coche, en carros…

Fue una lástima que no me hubiese preparado tan bien para el parto, sigo sin saber porque entre tanta lectura, pasé por alto algo tan importante…

Había hecho una preparación al parto online y me preparé físicamente, pero en ningún momento escuché nada sobre lo que no tuve, un parto respetado.

El día que me convertí en madre

5 de agosto del 2014.

A la 1 de la madrugada me di cuenta de que me había dormido en el sofá viendo la tele. Me sentí mojada y fui al baño. Era la hora de verle la cara, había roto aguas.

Estaba en España desde hacia tiempo, porque decidimos que naciese cerca de nuestras familias. Cómo en teoría no teníamos seguridad social iba a nacer en un hospital privado.

Tenía claro que aún quedaba rato, me pasé la noche andando por el pasillo y realizando ejercicios con la pelota de pilates para ayudar a dilatar.

A las 6 de la mañana, con contracciones cada 4 minutos salimos de casa, teníamos una hora de viaje.

Cuando llegué al hospital, me subieron a mi habitación (como si fuese la de un hotel) y me dijeron que estaba muy verde.

Fue un parto en el que, a parte de la epidural, me dieron calmantes. Iba drogada totalmente, no sentía nada, no podía empujar. Me sentí super sola enviando a mi marido a buscar a la matrona por el pasillo cuando sabía que mi hijo ya estaba ahí. Tuve que esperar con el niño ahí hasta que llegase la ginecóloga que llegaba de casa.

El paritorio parecía un centro comercial, iban entrando personas y subiéndose encima de mí. Yo me sentía impotente, y al final, con episiotomía de por medio y la ayuda de fórceps Marc llegó al mundo.

Y se lo llevaron.

Estaba muy pálido y el parto había sido complicado, así que se lo llevaron a explorarlo y me dijeron que lo dejaban en observación.

Tan solo pude tenerlo un minuto en mis manos y darle el primer beso.

Con él, pero sin él

Todo el embarazo tuve una imagen en mi cabeza que nunca se iba a cumplir. Era yo saliendo de paritorio con mi hijo en brazos llorando de alegría al ver a mi madre en el pasillo.

Fue tan duro cuando la vi allí y yo no tenía a mi pequeño…

El dolor era inmenso, llegaban algunas visitas y yo no podía creerlo.

Parí a las 15 de la tarde, estaba exhausta, pero a las 19, me levanté y bajé a neonatos a verlo.

¡Era tan bonito!

Yo lo quería conmigo y ni siquiera lo pude tocar fuera de esa incubadora en la que estaba.

Tenía que quedarse esa noche allí, habían intentado darle biberón y no sabía comer, se ahogaba.

Me preguntaron si quería darle lactancia materna y les dije que si era posible sí. Me dejaron un sacaleches y me dijesen que me sacase cada 3 horas, 5 minutos en cada pecho.

Así comenzó mi lactancia.

Por suerte, mi cuñada vino a verme y me ayudó con sus consejos, diciéndome que lo intentase mucho más a menudo, ya que un bebé está en la teta mucho más rato y si no, me iba a ser imposible.

Al cabo de dos días, el niño seguía ingresado y cuando bebía leche se ahogaba por completo.

Al principio pensaban que era un problema de maduración, pero después me dijeron que parecía que había algo más y que tendrían que operarle.

Yo estaba desesperada y no podía soportar la idea de ver a mi hijo media hora al día durante tanto tiempo, y decidí pedir el traslado a un hospital público, una decisión en la que acertamos por completo.

El día que me dieron el alta, el 8 de agosto, salimos en ambulancia con él en esa pequeña incubadora hacia el otro hospital.

Cuando le salvaron, y me salvaron a mí también.

Llegamos al hospital la fe de Valencia, en teoría no teníamos seguridad social, y era posible que tuviésemos que pagar todo lo que el niño necesitase, pero nos daba igual vender nuestra casa, o lo que hiciese falta.

Solo queríamos verle bien, y poder abrazarle.

Llegamos allí, y así lo conoció mi madre, en la puerta del hospital pedí a un enfermero que, por favor, le dejase entrar un minuto a la ambulancia a ver a su nieto.

Se llevaron de nuevo al niño, esperamos más de dos horas…y por fin, hablamos con los médicos.

Nos explicaron todo, allí podíamos estar con él, en UCI, 24 horas al día, que gran alivio. Ya no me separaría de él.

Yo ya empezaba a descartar la lactancia materna pero me preguntaron si estaba sacándome leche, y les dije que sí, pero que en el anterior hospital cómo el niño se ahogaba la habían tirado.

¡Que barbaridad! Me dijeron.

Me explicaron que en ese momento, lo mejor que podía hacer por mi hijo era sacarme leche, y alimentarle con lactancia materna. De momento, lo harían por sonda, pero me dijeron que solo yo tenía lo mejor para él.

Así que la decisión fue fácil, iba a seguir intentando alimentarlo mediante la lactancia materna.

Lactancia con sacaleches y por sonda

Había una sala de extracción de leche y lactancia en el hospital y allí me ayudaron con todo. Pasaba todo el día o con el niño, o sacándome leche.

Se supone que dar pecho, si lo haces bien, no duele, pero no siempre es así. Son muchas las mujeres que por las hormonas tienen los pezones super sensibles tras el parto y sin que aparezcan grietas ni infecciones, duele.

El sacaleches a mi me dolía cada vez que me lo ponía, y mucho. Empezaba con velocidad mínima y poco a poco conforme se iba anestesiando la zona iba aumentando intensidad. Es cierto que a otras madres que había allí no les dolía nada, esta no fue mi suerte.

Conforme el niño crecía necesitaba más, y yo necesitaba provocarme el aumento de cantidad con el sacaleches. Tenía las tetas en carne viva del roce, y esto es literal. El dolor era inmenso y no sabía ni que hacer, estaba horas y horas ordeñándome para lograr la cantidad que necesitaba.

Me ponía el despertador cada 2 horas, a veces menos.

Los días que el niño tenía pruebas y tenía que estar en ayunas o cuando se me acumulaba un poco de leche sobrante, la donaba al banco de leche.

Así que puedo decir que no solo alimenté a mi niño, sino que también ayudé a otros a coger fuerzas y crecer.

Desde el primer momento se me olvidó que había parido, pasaba el día al pie del cañón y algunas noches tenía unos dolores inmensos, pero no decía nada, eso no importaba ahora.

Ahora tenía que dar todo por él, tenía que curarse.

La operación de mi niño y su recuperación

El día que Marc cumplió una semana lo llevaron a quirófano. Había varías posibilidades en cuanto al origen de su problema, iban a verlo con una cámara y si podían, operarían.

Mi marido y yo estábamos fuera esperando a que saliese el doctor y nos dijese qué encontraban.

La mejor opción posible era la menos improbable.

“Por favor que sea eso” me decía todo el rato, mientras intentaba animar a mi marido que estaba destruido y muerto de miedo.

“Va a ser eso David, y va a salir bien”.

Efectivamente el niño tenía una fístula traqueoesofágica. Esto es un agujero que conecta la tráquea con el esófago que hacía que la leche se fuese directa al pulmón.

Le operaron y todo parecía haber salido bien. El problema era que el agujero estaba en una zona muy complicada, cerca de la tiroides y de las cuerdas vocales, y había que ver cómo evolucionaba todo.

El niño salió sedado y entubado en su incubadora,  todo lleno de cables.

Debía estar así un día y al día siguiente le quitarían la intubación.

Pero no fue bien.

Las complicaciones

Al día siguiente quitaron el tubo y Marc no conseguía respirar. Era muy duro verle hundir toda su barriguita y ver que la saturación no subía, estuvo unas cuantas horas intentándolo, pero al final le tuvieron que intubar de nuevo.

Y estuvo una semana sedado, atado y entubado.

Yo seguía sacándome leche como una loca, nos trasladamos a una casa de acogida de familiares de niños hospitalizados para dormir, pero pasábamos casi todo el tiempo en el hospital, aunque no pasaba nada, tan solo teníamos que esperar.

Pedimos a la familia que no viniese, necesitábamos estar solos, y no queríamos que nadie viese a nuestro hijo así.

David y yo apenas hablábamos entre nosotros, no teníamos fuerzas. Él estaba roto y muy asustado y yo… dejaba el miedo a un lado para ser la leona que mi hijo necesitaba. Sacaba fuerzas de donde no tenía.

A los 7 días le quitaron los tubos y está vez sí pudo lograr respirar, aunque lo hacía con mucho esfuerzo.

En las siguientes semanas el niño no tenía ni un ápice de voz, lo veías llorar y no escuchábamos nada. Las cuerdas vocales podrían estar paralizadas.

Tenía mono de la morfina que le ponían durante la semana de sedación, así que poco a poco la iban reduciendo, pero vimos cómo lo pasó muy mal.

Le costaba mucho respirar, al principio siempre con oxígeno, cabía la posibilidad de que incluso le diesen el alta con una traqueotomía para siempre…

Fue tan duro… Semanas horribles.

Siempre a su lado

Durante este tiempo pasábamos todo el día con él. Por las noches intentábamos descansar un poco.

Cada vez que me despertaba a sacarme leche llamaba a la UCI, ¿Todavía respira él solo? Si, sigue todo bien – me decían. Ya podía dormir un ratito más.

Hubo días que no pudimos cogerlo por la intubación, pero en cuanto podíamos, lo teníamos todo el tiempo en brazos.

Recuerdo que hubo varios días en que por las noches tuve escalofríos y temblaba, sentía latigazos de dolor en mi vientre, estaba destrozada, pero un ibuprofeno y seguía. No era momento para preocuparme por mí.

Mi postparto fue como inexistente, como si no hubiese parido, y esto más tarde me pasó factura.

Practicábamos la piel con piel cada minuto que nos lo permitían y esos eran los mejores momentos.

Había momentos en los que teníamos que salir de la UCI, por complicaciones de otros bebes o ingresos, y aprovechábamos para salir a la calle a tomar aire. Entonces veía a todas las madres salir con sus bebés en brazos y lloraba pensando cuándo iba a poder salir yo así.

Mi padre tardó al menos dos semanas en conocerle, él estaba enfermo y yo quería evitarle el dolor de ver a su nieto así.

“Qué maravilla hija”- me decía al verle- “¿Y querías que me perdiese esto de verdad?

La magia de la naturaleza. El comienzo de la lactancia real.

Llegó un día, cuando el niño ya tenía un mes en el que Marc ya respiraba mejor, podía hacerlo sin óxigeno y había recuperado su voz.

Entonces, el doctor nos dijo que el problema ahora era que no comía, que parecía tener algún problema muscular o neurológico por lo que no coordinaba la deglución.

Prepararon una máquina de reanimación y varias enfermeras y doctores se disponían a darle biberón para hacer pruebas y ver qué le pasaba.

El niño dibujó cómo una sonrisa en su cara, y tiró toda la leche, parecía que no sabía tragar.

Entonces mi marido pregunto a los doctores la posibilidad de probar con mi pecho. De hecho, cuando hacíamos piel con piel en niño se intentaba enganchar, pero yo no le podía dar hasta que los médicos no me dijesen. Eran muchas las lágrimas de frustración que derramé cuando veía que el quería, que yo tenía leche, pero no podía dársela de forma directa…

Los doctores accedieron a probar, no lo veían posible, pero tenían la máquina preparada por si pasaba algo, así que era el momento.

Pesaron al bebé y lo tomé en brazos.

Empezó a mamar, y siguió, y siguió unos minutos… Hasta caer agotado.

Yo no podía parar de llorar de alegría, por fin podía disfrutar de un momento así. Rodeada de mi marido y de médicos y enfermeras que también lloraban conmigo de emoción.

Le pesaron para estar seguros, y sí, el niño pesaba 45 gramos más.

Volví al cabo de 3 horas y volvió a suceder, el niño, sí sabía tragar, pero solo quería comer de mi pecho. Inmediatamente nos pusieron juntos 24 horas en una habitación. 

“Dale pecho todo el rato, a todas horas, no te separes de él.”

Y así lo hice.

Siguiendo mi instinto animal

Me dieron esas instrucciones y además me dijeron que cómo todo este tiempo se había alimentado por sonda, igual alguna vez no tomaba lo suficiente y le podía ayudar con la leche que me sacaba.

Eso fue complicado.

El niño se dormía y a veces no lo podía despertar en horas.

El niño, empezó a tener cólicos por las noches, después de no haber comido nunca por él mismo, no era fácil.

Mi marido siempre pensaba que tenía hambre y quería darle más leche.

Llegaba alguna visita que intentaba cogerlo o darme consejos que no necesitaba y alguna vez les tuve que pedir que me dejasen sola con el niño para poder estar tranquila y darle lo que necesitaba.

Entraba alguna enfermera que me daba consejos de todo tipo, como que le diese 5 minutos cada 3 horas, a los que yo no solía hacer ni caso.

Al final envié todo a la mierda y decidí confiar en mí.

Le pedí a David que se callase por favor, que me dejase y confiase en mí, algo me decía que yo sabía lo que el niño necesitaba.

Y fluí con mi hijo y con la vida.

La llegada a casa

En cinco días en esa habitación el niño dejó de hacer ruidos y hundir el pecho al respirar. Cuando pasamos por la UCI para despedirnos de todo el personal que nos había acompañado, alucinaron al verlo.

El 11 de septiembre nos íbamos a casa. Por fin salí por esa puerta con mi niño al brazo.

Marc es un niño completamente sano y sin ninguna secuela. Con él he hecho mil cosas que nunca pensaba que podría hacer al convertirme en madre. Y no me arrepiento de nada.

Le he explicado su historia, y le digo una y otra vez que, aunque nos separaron, yo siempre estuve ahí.

Se lo repito cuando duerme porque sé, que en su inconsciente debe haber una gran herida de separación que intento que sea lo menor que se puede y que espero que algún día pueda reparar.

Para mi llegar a casa con mi hijo, fue distinto a lo que suele pasar a las madres primerizas. Yo lo viví muy fácil.

Había sido tan duro todo, que ahora, el no dormir, el estar todo el día con el al brazo, me parecía fácil, y perfecto.

Ahora sé lo afortunada que soy de que al final solo fuese un gran susto, porque en una UCI de neonatos se ven cosas muy duras, y lo nuestro se solucionó muy bien.

Una lactancia mágica

Siempre he creído que, con solo un mes de vida, él ya relacionaba el biberón con las veces que se ahogaba cuando se lo daban nada más nacer y por eso, espero hasta comer de mi teta.

Doy gracias a la persona que me aconsejo cambiar a mi hijo de hospital para poder pasar con él todo ese tiempo.

Doy gracias al equipo médico que lo acompañó y a todo el personal sanitario que estuvo con nosotros cada instante. En especial al doctor que le operó, que tal y cómo nos dijeron sus compañeros había hecho un trabajo brillante.

Doy gracias una y otra vez a los médicos que me dijeron que darle mi leche mientras estuviese allí era lo mejor que podría hacer por él y me dieron los medios para hacerlo.

Me doy gracias a mí misma, por el enorme esfuerzo que hice sacando fuerzas de donde no había para estar ahí, para poder establecer la lactancia de esta forma tan complicada, para que no le faltase mi leche ni una sola toma. Para que no le faltase ni una sola caricia de las que podía darle.

Sé, que tal y cómo se desarrollo todo, hubiese estado más tiempo hospitalizado si aquel día no le hubiese dado mi pecho.

Entiendo y respeto profundamente todo tipo de alimentación en los hijos y a todo tipo de madre.

Pero para mí, la lactancia es mágica.

Marc tomó pecho hasta los 4 años y medio, desde los 20 meses compartió teta con su hermano que a día de hoy con más de 4 años sigue mamando cuando quiere.

He escuchado comentarios de todo tipo sobre cuanto tiempo le iba a dar pecho a mis hijos o si mi leche les alimenta o no.

Solo nosotros sabemos lo que significan esos momentos y claro que ha sido duro a veces. Pero dar pecho a mis hijos todo lo que ellos han querido, ha sido maravilloso.

Con Marc nunca me planteé el destete, ni siquiera en el embarazo de mi segundo hijo, y mira que dolía y lo pasé mal…

Pero el comienzo fue tan bonito, que el final no podía ser menos.

Ahora

Mañana mi niño cumple 6 años, y no puedo dejar de pensar cómo estaba yo por entonces.

La ilusión me invadía, las ganas de tenerle en brazos de ver su carita…

Marc es puro amor.

Me ha enseñado a conectar con mi instinto animal de madre, de leona que cuida a su hijo por encima de todo.

Yo elegí la lactancia porque pensaba que era lo mejor para él, después los médicos lo confirmaron, y unas semanas después él mismo lo dejó muy claro…

Con él he aprendido a ser mejor persona, a estar presente, a conectar con mi niña interior.

Es muy cariñoso, le encanta jugar y nuestros ataques de cosquillas.

También me ha enseñado que sólo puedo darle lo mejor solo si yo estoy bien conmigo.

Ahora mi propósito es saber acompañarlo para que crezca libre, sabiendo quién es, y convirtiéndose en la persona que ha venido a ser.

Espero seguir compartiendo con él miles de historias de dragones, guerreros, príncipes y caballeros, por toda una vida.

Quiero que conserve sus alas para volar muy alto y que pueda dirigirse hacia donde quiera.

Porque me hará muy feliz poder ver que crece sano, feliz y en plenitud.

Doy gracias a la vida, por esos 6 años cómo madre.

Le doy gracias a él, por haberme elegido, por su alegría, por esa mirada, por sus abrazos, por ser él… Por haber llegado aquí, a remover mi mundo y a decirme “mama espabila y haz lo que tengas que hacer, que la vida es mucho más que lo que tienes ahora y tenemos mucho que disfrutar juntos.”

Felicidades, mi niño. Te amo.

Y hasta aquí, esta historia que a mi me parece preciosa (como no…) y a ti espero que te haya gustado.

Gracias por leerme.

Un gran abrazo.